Ideas que han hecho historia.

La Iglesia ha reflexionado paulatinamente sobre el papel y el protagonismo de la mujer en la Iglesia y en el mundo. En América Latina a través de los documentos del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, la Iglesia ha hecho énfasis en una serie de proposiciones en orden a valorar dicho papel, a pesar de los condicionamientos culturales que le ha tocado vivir a la mujer en un contexto signado por una mentalidad machista como bien lo ha expresado el Papa Benedicto XVI: “En América Latina y El Caribe es necesario superar la mentalidad machista que ignora la novedad del cristianismo, donde se reconoce y se proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con relación al hombre” (DI 5. DA 453).

El Documento de Puebla producto de las reflexiones y deliberaciones de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, ha planteado elementos de sumo interés para calibrar la importancia del papel de la Mujer en la Iglesia y en la realidad social. Reconoce la dignidad e igualdad de la mujer con el hombre (cf. DP 317, 841, 847), su misión en la Iglesia (cf. 842-848), su presencia transformadora en la organización de la sociedad (DP 1219), pero también el reflejo de su rostro específico entre los pobres y oprimidos (DP 834-838), por ser víctimas de una doble opresión y marginación (DP 1134. Nota 331). Para esa época se planteaba el desafío de la promoción de la mujer a lo que se le consideraba “un auténtico signo de los tiempos” (DP 849).

En el Documento de Santo Domingo, aunque no fue redactado con tanta estructuración y profundidad teológica pastoral como si lo fue el Documento de Puebla, tiene algunos elementos interesantes para la reflexión sobre la mujer. Fundamentado en el texto de San Pablo en su Carta a los Gálatas 3, 26-29, el cual dice “no hay hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo”, proclama la igualdad fundamental de los seres humanos, todos somos iguales en Cristo. Las mujeres constituyen, en igualdad de condiciones y dignidad con relación al hombre, el pueblo de Dios, por lo que deben ser reconocidas como sujetos de la nueva evangelización (SD 25), ellas forman parte constitutiva de la misión encomendada a la Iglesia: Evangelizar; por tanto, deben ser aceptadas y valoradas en la comunidad eclesial y en la sociedad “no solo por lo que ellas hacen, sino sobre todo por lo que ellas son” (SD 108).

Quince años más tarde tiene lugar el acontecimiento de Aparecida. Ciertamente se han profundizado las brechas de injusticia y exclusión en el continente; nuevas expresiones de injusticias se hacen más visibles en torno a la mujer: discriminación social, política, económica; tráfico de personas, esclavitud y acoso sexual, el turismo sexual, migraciones;  y a pesar de esto, también se ha visto desarrollado la presencia de la mujer en la sociedad, en la educación, en el mundo empresarial, en los medios de comunicación, en la Iglesia. La situación es compleja ante las graves barreras que aún hoy se ponen para que el “genio femenino” tenga el puesto que de por sí se merece.

En el Documento de Aparecida aparecen 7 números referidos a la dignidad y participación de las mujeres (451-458); estos números están propuestos en el capítulo 9 intitulado: Familia, Personas y Vida, lo que no quiere decir que sean las únicas referencias respecto a la mujer en el documento, puesto que la mujer tiene un papel preponderante como miembro del pueblo de Dios. Al formar parte de este capítulo la tendencia es pensar y definir a la mujer desde la familia, desde su misión maternal y educadora.

Dignidad e Igualdad.

Dos ámbitos son referidos en el Documento de Aparecida para fundamentar la igual dignidad entre varón y mujer. El primero es asumido desde la antropología cristiana, en la cual se afirma que el varón y la mujer fueron creados a imagen y semejanza de Dios, y por ser ambos creaturas mantienen igual dignidad en la diversidad, pero dignidad como creaturas con especificaciones propias y núcleos creaturales diversos, únicos e irrepetibles. El segundo se remite al misterio trinitario como fundamento para la experiencia de sumergirnos en una comunidad de iguales en la diferencia, por lo que el hombre y la mujer, aunque individuos, pueden conformar una comunidad donde cada uno sea reconocido en su dignidad y pueda igualmente abrirse al otro que es diferente para compartir la vida, pensamientos, proyectos, ilusiones, la fe, desde un profundo respeto, y contribuyendo a un núcleo común del cual pueden enriquecerse ambos.

La dignidad e igualdad de la mujer concebidos dentro del marco antropológico y con una apertura al sentido trinitario de comunión, permiten y favorecen “el desarrollo de la identidad femenina en reciprocidad y complementariedad con la identidad del varón” (DA 457), pero es una reciprocidad y complementariedad que debe ser mutua, bidireccional. Igualmente, ni la mujer ni el hombre son “islas”, ni pueden serlo; pero tampoco pueden perderse en el bullicio de lo impersonal, de lo que no tiene forma. Persona y comunión, son dos ámbitos que tienen que ver con la identidad de la persona.

El reconocimiento de la dignidad y la igualdad de la mujer en la sociedad es una lucha constante; son conquistas que se han dado paulatinamente. Aún en nuestra época, con todos los avances en las legislaciones de nuestros países, hay que lamentar “que innumerables mujeres de toda condición no sean valoradas en su dignidad, queden con frecuencia solas y abandonadas, no se les reconozca suficientemente su abnegado sacrificio e incluso heroica generosidad en el cuidado y educación de los hijos, ni en la transmisión de la fe en la familia. Tampoco se valora ni promueve adecuadamente su indiscutible y peculiar participación en la construcción de la vida social más humana y en la edificación de la Iglesia” (DA 453), de igual forma, su participación pretende ser distorsionada por corrientes ideológicas impregnadas de un consumismo devorador de dignidades, donde se trata a la mujer, y al ser humano en general, como mercancía en función del lucro con nuevas esclavitudes. Mucha lucha queda pendiente ante las fuerzas esclavistas de algunos sistemas ideológicos.

Jesús y la Mujer.

En la época de Jesús, la cultura era netamente machista. Antes de casarse la mujer dependía de su padre, luego cuando se casaba pasaba a depender absolutamente del esposo a quien llamaba “ba´alí”, “mi señor”. Tenía poca relevancia social. Podía asumir diariamente algunos deberes repetitivos: cocinar, hilar, lavar el rostro, los pies y las manos de su esposo, cuidar del marido y de los hijos, darle hijos al marido; su palabra tenía poco valor. No había ningún tipo de reconocimiento de igualdad entre el hombre y la mujer, aquel podía disponer de ésta a gusto, bajo una ley que favorecía por todos lados al hombre minimizando la vida y el obrar de la mujer en la sociedad de la época. A nivel religioso, el verdadero protagonista de la religión judía era el varón, porque la mujer no tenía la misma dignidad de él ante la Ley.

Jesús trae consigo el Reino, también para las mujeres, cuyos elementos primordiales son la justicia, la paz y el amor, características éstas que no son abstractas, sino que van al corazón y a los rostros de cada persona concreta. Ante la situación de la mujer, Jesús rompe estructuras injustas, se acerca a ellas, “habló con ellas (cf. Jn 4,27), tuvo singular misericordia con las pecadoras (cf. Lc 7,36-50; Jn 8,11), las curó (cf. Mc 5,25-34; Lc 8,2), las reivindicó en su dignidad (cf. Jn 8,1-11), las eligió como sus primeras testigos de su resurrección (cf. Mt 28,9-10), e incorporó mujeres al grupo de personas que le eran más cercanas (cf. Lc 8,1-3)” (DA 451).

Jesús rompe los esquemas de su época. No coloca a la mujer sólo en relación a la maternidad y al cuidado de los hijos, sino que la pone en relación a algo más decisivo y primordial: “Dichosas más bien la que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,28). La grandeza y dignidad de la mujer y también del hombre está referida estrechamente a su capacidad de escucha de la Palabra y a entrar a través de ella al Reino. Jesús siempre tuvo ternura para con las mujeres. Invita a Marta a buscar lo principal, lo que da vida, antes que lo caduco, lo que agota, su hermana María había escogido lo mejor, “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola, María ha elegido la parte buena, que no le será quitado” (Lc. 10,38-42). Nunca enjuició a la Mujer, aunque fuese pecadora; por el contrario la salva y la sana, la invita a vivir una vida en plenitud, sin esclavitudes: “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más” (Jn. 8,11).

En una serie de parábolas Jesús propone el protagonismo de la Mujer y su igualdad al hombre ante los ojos de Dios. Muchas de estas mujeres no sólo eran seguidoras de Jesús, sino se sentían atraídas por su mensaje de liberación y por la sencillez de su vida, que era una actitud de ternura, acogida y compasión, antes que de ejercicio de poder y de dominación.

La Mujer y su participación en la sociedad.

El Documento de Aparecida considera el avance protagónico que han tenido las mujeres, junto con otros grupos sociales, en la sociedad civil; reconoce que fueron sectores desplazados durante mucho tiempo pero que han sabido ganarse espacios propios en la sociedad. “Estos grupos están tomando conciencia del poder que tienen entre sus manos y de la posibilidad de generar cambios importantes para el logro de políticas públicas más justas, que reviertan su situación de exclusión” (DA 75). Tomar conciencia es apropiarse de la escena social por propia iniciativa y sabiendo que tienen un enorme poder de influencia y de incidencia en las decisiones que ayudan a mejorar su condición, y proponer ámbitos incluyentes en la realidad social, donde puedan ser protagonistas de su propia historia. Esto sólo se hace si las reivindicaciones pedidas tienen asidero en la legislación de los países y pasan a formar parte del ideario de una sociedad. El punto focal es generar inclusión, lo que implica igualdad de condiciones y oportunidades. El Documento manifiesta que estos grupos van avanzando y se pueden considerar protagonistas en la construcción de la sociedad (cf. DA 128).

De manera armónica el Documento de Aparecida siempre habla de forma incluyente con el binomio hombre y mujer. El Documento propone este binomio para todas las materias que tengan que ver con la promoción humana, particularmente con el Trabajo humano: “Alabamos a Dios porque en la belleza de la creación, que es obra de sus manos, resplandece el sentido del trabajo como participación de su tarea creadora y como servicio a los hermanos y hermanas” (DA 120).  Ciertamente se da una expresa indicación sobre la reciprocidad y colaboración mutua existente en la relación entre la mujer y el hombre, “se trata de armonizar, complementar y trabajar sumando esfuerzos. La mujer es corresponsable, junto con el hombre, por el presente y el futuro de nuestra sociedad” (DA 452). Este número introduce de manera profunda todo el trabajo en relación a la promoción humana y el logro de una cultura que promueva los mejores valores para que la persona humana, hombre y mujer, logre su realización personal y comunitaria, y pueda también abrirse a la trascendencia, puesto que la vida de los discípulos misioneros tiende hacia Dios.

El Documento en forma de reclamo señala un aspecto positivo. Reclama la poca valoración que se da a la participación de la mujer en el desarrollo de los pueblos y de la Iglesia, por lo que considera –lo positivo- indispensable y peculiar su participación “en la construcción de una vida social más humana y en la edificación de la Iglesia” (DA 453). La mujer desde el hogar, la empresa, el liderazgo comunitario, el desarrollo del pensamiento, la vida consagrada, el ámbito comunicacional, político, económico, cultural, ha sembrado su huella en el desarrollo sistemático de la realidad social. Su papel protagónico es indispensable.

La Mujer, Familia y Maternidad.

La mujer viene valorada en el Documento de manera insistente, aunque no exclusivamente, desde su misión materna. Propone la maternidad como “misión excelente de las mujeres” y la relaciona directamente con el plan originario de Dios para el perfeccionamiento de lo creado, en este caso de la tierra como espacio comunicacional en el cual se desarrollan las personas. La mujer viene a ser, por tanto, “insustituible en el hogar, la educación de los hijos y la transmisión de la fe” (DA 456). Tres tareas que de continuo la mujer ha asumido por naturalidad y que sigue asumiendo con la convicción que es una misión dignificante y clarividente en relación al desarrollo humano de la sociedad; claro está, que esta misión “no excluye la necesidad de su participación activa en la construcción de la sociedad” (id). Esta participación en la sociedad en los tiempos actuales propone varias consideraciones: su propia edificación como persona que utiliza los atributos dados (“ministerio esencial y espiritual que la mujer lleva en sus entrañas” (cf. DA 457)) para la construcción de la sociedad, puesto que el trabajo edifica; la necesidad de un digno sustento en relación no solo a lo personal sino también a lo familiar y lo comunitario; imprimir el “genio femenino” a los procesos pertinentes para la creación; la valoración igualitaria de su ser femenino ante labores y oficios que anteriormente eran realizado por los hombres; el despertar vivo de su participación en la creación; todos estos elementos no fueron dados por dádivas, sino logrados por luchas constantes ante el reconocimiento de su dignidad e igualdad en la sociedad.

El Documento se extiende a valorar y caracterizar el papel que cumple la mujer en la maternidad: “La maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras. La vocación materna se cumple de muchas formas de amor, comprensión y servicio a los demás. La dimensión maternal también se concreta, por ejemplo, en la adopción de niños, ofreciéndoles protección y hogar” (DA 457). Por esta fuerza ante la vida, el documento invita a “promover el diálogo con autoridades para la elaboración de programas, leyes y políticas públicas que permitan armonizar la vida laboral de la mujer con los deberes de madre de familia” (DA 458d). Hacer énfasis en la maternidad en este apartado está en línea directa al capítulo nueve del Documento sobre Familia, personas y vida, cuyo objetivo es valorar el papel que las personas cumplen en la vida familiar para el desarrollo de la vida humana en la sociedad. Como se dijo anteriormente, no merma su participación en el resto de la sociedad, en el desarrollo humano integral de las personas y de la sociedad, que debe iniciarse por el reconocimiento del valor de la vida humana.

Algunas propuestas desde el Documento.

Ciertamente no podemos valorar el documento de Aparecida como un documento exhaustivo en todos los temas; su propuesta es más pastoral y aferrada a las necesidades y desafíos que tiene la Iglesia en los últimos tiempos; desde esta perspectiva se puede valorar lo que es el papel de la mujer en el mundo y en la Iglesia: “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales” (DA 11); “Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que este” (DA 14).

Aparecida, con la conciencia puesta en esta referencia pastoral, hace una denuncia incisiva de las múltiples formas de violencia, exclusión y discriminación de la mujer en sus diversas etapas de la vida, desde niñas y adolescentes: tráfico de personas, la violación, esclavitud y acoso sexual, el llamado turismo sexual (cf. DA 48; 402; 454); la poca valoración de su dignidad (cf. DA 453); pero también destaca la conciencia de las relaciones entre clase, raza/etnia, género y generación: “las mujeres pobres, indígenas y afroamericanas han sufrido doble marginación. Urge que todas las mujeres puedan participar plenamente en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica, creando espacios y estructuras que favorezcan una mayor inclusión” (DA 454); “mujeres maltratadas, víctimas de la exclusión y del tráfico para la explotación sexual” (DA 402);  “muchas mujeres son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica” (DA 65). Por eso se pide “acompañar a asociaciones femeninas que luchan por superar situaciones de vulnerabilidad o de exclusión” (DA 458c).

El Documento no sólo se queda en la denuncia, sino que valora también la presencia y la acción de la mujer entre los nuevos actores sociales transformadores de la sociedad (cf. DA 75; 458c,d); con un lenguaje incluyente afirma que “la mujer es corresponsable, junto con el hombre, del presente y futuro de nuestra sociedad humana” (DA 452). Esto se reafirma en el lenguaje empleado al referirse al ser humano, que ordinariamente en muchos documentos de la Iglesia se emplea “hombre”, mientras que en el Documento de Aparecida se emplea “hombres y mujeres”, o “varón y mujeres”, en las responsabilidades dentro de la sociedad (cf. DA 27, 29, 32, 48, 105, 116, 117, 120, 122, 275, 335, 470, 538…).

Papel significativo ha tenido, tiene y seguirá teniendo la mujer en orden a la evangelización. Es la persona de la cual hemos recibido nuestras primeras enseñanzas religiosas en el hogar que se ligan a las primeras experiencias de socialización que como seres humanos hemos tenido en la vida. Igualmente nuestras instancias pastorales con los diversos servicios están revestidas de la presencia de la mujer, en su mayoría son catequistas, forman parte de los distintos consejos pastorales, de administración; no son personas que desempeñen sus servicios de maneras funcionales, sino con convicción y aferradas a la fe. Por eso el Documento pide “garantizar la efectiva presencia de la mujer en los ministerios que en la Iglesia son confiados a los laicos, así como también en las instancias de planificación y decisión pastoral, valorando su aporte” (DA 458c). Esto no significa una simple valoración de su aporte, sino la ratificación de la necesidad de su “gestión” en los asuntos de orden eclesial, como verdaderas discípulas misioneras de Jesucristo, en la promoción de un más amplio protagonismo eclesial (cf. DA 458a).

+José Luis Azuaje Ayala.

Obispo de El Vigía San Carlos del Zulia.

Presidente de Caritas de América Latina y El Caribe.